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Mi primer… tapete de Yoga. (Por Vanessa Santos)

(Si puse los puntos suspensivos en el título fue con tal de transmitir esa emoción, que es como un mixto de nervio y felicidad ante un camino que se abre, sin que puedas prever a donde te va a llevar.)

Cuando empiezo un nuevo curso, clase o taller, vuelvo a ser la niña que empieza el primer día del primer año de la escuela primaria.

Uno de mis momentos favoritos, que siempre me llena de contentamiento, es el de preparar mis materiales, ya sea que los tenga que conseguir nuevos, o que dentro del baúl redescubro algo que no usaba desde hace mucho tiempo, y que de repente tiene una nueva misión y vuelve a la vida.

Hay en mi casa, y en mi memoria, todo un sin fin de objetos y materias, cosas útiles y a la vez mágicas: libros, libretas, lápices de carbón y colores, estuches, mochilas, plumas y plumones, pinceles, acuarelas, oleos, crayolas, ropas para la escuela, ropas para el trabajo, herramientas para tallar piedra, para modelar barro, gubias, cuadernos de todos tamaños con papeles de diferentes gramajes, máquina fotográfica, máquina de costura, hilos, telas, agujas, …

(Vuelvo a usar puntos suspensivos, ahora para dar la idea de algo al cual no logro ver un fin.)

Entre este conjunto de cosas, hay una que viajó conmigo a México en el 2004, y aún sigue conmigo n el 2014: mi primer tapete de Yoga. Es un pedazo de material que se vendía a metro, que mi maestra encargaba en Alemania, y que llegó a mí a inicio del 2001, poco tiempo después de que me iniciara en la práctica de Yoga.

En los días de hoy, cuando a veces practico sobre esta “lámina” casi transparente, sobre todo en las zonas donde más se han apoyado mis manos y mis pies, la uso con un sentido casi religioso, como si siguiera un ritual en un orden no muy preciso: prendo una vela y un incienso, pongo una grabación con el sonido del tampura *, coloco otro tapete abajo del viejito para amortiguar el impacto del cuerpo sobre el piso, tomo una respiración completa, entono el mantra inicial de mi práctica y entro en mi ciclo de eternos retornos. Saludo al sol, fluyo entre respiraciones y movimientos, caliento la sangre, me concentro, me distraigo, me esfuerzo, me relajo, me acerco, me alejo, viajo en cuerpo, mente y espirito hasta aterrizar en la tierra con toda la parte posterior del cuerpo, los pies y las manos abiertos como quién se abre y se entrega.

Mi fiel amigo recibe mi cuerpo ligero… respira conmigo… juntos aguardamos el próximo despertar…

(Los últimos puntos suspensivos quedan aquí, nomás para que des alas a tu imaginación y empieces tu própia historia.)

*La tanpura, tambura o tambora, es un instrumento de cuerda pulsada de la India, que se usa para mantener sonidos zumbantes constantes.

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